Colaboraciones

De la apertura al sectarismo

El impulso reformista que marcó el comienzo de la década, rápidamente se transformó en impulso revolucionario y violento. La prédica antiliberal abrió el camino. A la democracia se la descalificó como expresión del "demo - liberalismo burgués decadente". El encono contra la libertad fue terreno propicio no sólo para someter a juicio sumarísimo a la historiografía argentina de ese signo, sino para profundizar el desprecio a la ley y la sustitución de la misma por el ejercicio de la violencia.

Aquel fuerte y abierto rechazo a la libertad, al enceguecer a sus portadores les impidió advertir el riesgo cierto de ser ellos mismos víctimas de la pérdida de todas las libertades "formales" y todos los derechos "burgueses". Durante los años '60 no sólo se incubó y alumbró la violencia de un signo: también se gestó aquel aparato para estatal que la reprimió ilegalmente en los años '70.

La revisión del peronismo por parte de los hijos de padres antiperonistas, llevó a su revalorización y luego a su idealización. Esos jóvenes pusieron patas para arriba la opinión que sus padres tenían de Perón y de su movimiento. El rechazo del peronismo al liberalismo y al "sistema" y su nutriente popular, comenzaron a seducir a los jóvenes que ya habían sido hechizados antes por la revolución cubana y sus promesas de "liberación nacional", antes que por la libertad individual, el reformismo o la democracia política.

Ese vanguardismo aspiraba, no a abolir el Estado, sino a apoderarse de él; no a suprimir las clases ni a imponer la dictadura del proletariado, sino a constituir una "Nueva Clase" de burócratas políticos que ambicionaba controlar el Estado y, a través de él, acceder a la riqueza y los privilegios. Tampoco tenía la intención de alentar una primavera cultural, sino que buscaba clausurar la cautelosa apertura de ese decenio. Para quienes perseguían lo absoluto, la cultura, las ideas, la ética y la estética, debían ser revolucionarias, y revolucionariamente impuestas.

La vía pacífica y gradual del desarrollismo fue suplantada por la ruptura mediante la vía armada y radical. Acompañando esa mutación, plasticidad fue sofocada por la rigidez; la crítica devino dogmatismo; el interés por la cultura en anti intelectualismo; el compromiso se convirtió en militancia; la política en militarismo. La política, además, en un campo de batalla donde sólo acampaban -decididos a matar o a morir- "amigos" y "enemigos".

La aparición de bisoños guerrilleros porteños y cordobeses del llamado EGP en Orán y su rápida desarticulación en marzo de 1964, anticipó y condensó todos los errores políticos que esas "vanguardias" revolucionarias repitieron durante los quince años siguientes. El fondo y la forma del texto del llamamiento a un levantamiento campesino contra los latifundistas, los barones del azúcar y contra el gobierno constitucional de Arturo Illia, quedó como una matriz de la literatura de los grupos armados que actuaron en los años '70.

La publicación de un extenso texto de José Aricó, titulado "Examen de conciencia", incluido en el número 4 de la revista "Pasado y Presente" coincidió con el final del EGP en Salta, grupo guerrillero que contó con el apoyo intelectual de esos disidentes del Partido Comunista. Extrayendo conclusiones de los casos de Cuba y Argelia, Aricó pensaba que era posible "estimular y acelerar la maduración de la situación revolucionaria directa". Ambas experiencias, añadía, "revalorizan la posibilidad de la violencia como levadura necesaria del nuevo sistema".

Para "Pasado y Presente", Salta formaba parte del "interior colonial capitalista", atrasado, tradicional y dependiente donde prevalecía el latifundio, las oligarquías "feudales", la explotación del campesinado y donde el problema de la tierra no había sido aún resuelto. De ello concluía que "las masas rurales" del Noroeste argentino eran "el elemento social más revolucionario de la sociedad argentina". La derrota del EGP no derivó de fallas organizativas ni de los recursos, sino de una equivocada visión de la realidad y de su ideología.

A mediados de 1999 Regis Debray, el principal teórico del foco guerrillero, luego de confesar que los comunistas chinos criticaron entonces el foquismo al que compararon con el "bandidismo" del siglo XIX, formuló su despiadada autocrítica: "Si es verdad que un proyecto político tiene la edad de sus herramientas y no de sus objetivos, el nuestro databa, en el fondo, de los años 1848". Los teóricos foquistas, añade, ignoraban todo sobre el mundo rural "como puros retoños de la cultura urbana" que eran.

Mientras la derecha militarista, con la pluma de Mariano Grondona y desde las columnas de Primera Plana, postuló al ejército, y dentro de él al general Onganía, como los brazos ejecutores de una "modernización" sin libertades y sin modernidad aliados con el sindicalismo peronista, el propio Perón y la izquierda foquista alentaron la empresa de acoso y derribo que culminó en junio de 1966 con el derrocamiento del gobierno de Illia.

Dentro de ese contexto, el interés por y la apertura hacia las corrientes de ideas universales comenzó a ser desplazado por esa "profunda introspección" advertida por Arnold Toynbee durante su viaje por América del Sur y reivindicada como positiva señal de recuperación de la "conciencia nacional" por los polemistas antiliberales que conquistaron amplios auditorios durante esos años. La prédica tercermundista y latinoamericanista amplificó los ecos de ese buceo.

Esa búsqueda de "lo nacional" se daba dentro de una serie de acontecimientos que agitaban las guerrillas en las selvas tropicales, los estudiantes de Berkeley, los masacrados en la Plaza de las Tres Culturas en México (1968) o los rebeldes del Mayo del 68' francés y los estallidos universitarios, no en el núcleo porteño, sino en las provincias argentinas.

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