Colaboraciones

Las irradiaciones de "Phersu"

Tres años después tuve otro acercamiento a "Phersu". Además de lo que sabía del grupo por lo que me contaba Clotilde, el hecho de que María Delia Vargas fuera mi vecina y que Norma Buccianti fuera mi profesora de dibujo en el Nacional, me permitía una proximidad de profano con ese grupo que fue un revulsivo en Salta, más allá del círculo y el interés teatral.

A mediados de 1962 conocí a David Slodky, compañero de colegio de mi hermano Raúl. Recuerdo que pocos días después de nuestra primera conversación me invitó a la casa de Hugo Alarcón, que vivía en Villa Cristina. Flaco, nervioso, rostro huesudo, de larga melena, enfático, Alarcón nos habló con entusiasmo de su "Chaguanco", obra teatral que acababa de terminar y cuyo texto mecanografiado nos mostró en una carpeta que me pareció enorme.

Regresamos a lo de Hugo varios sábados por la tarde. La idea era incorporarnos a un grupo que, bajo la dirección de su autor, pusiera en escena "Chaguanco". Aunque joven, Slodky venía de su experiencia en el radioteatro "El galleguito de la cara sucia", donde hacía el papel de Dominguín. Formaban parte del elenco Elizabeth Alcántara, en el papel de madre soltera de éste y Paco de la Guerra, el "Galleguito" que la cortejaba.

Por mi parte, mi única experiencia era haber recitado en una fiesta escolar en el Teatro Victoria una suerte de teatralización de "El Misachico" de Emma Solá de Solá. También, entre 1959 y 1961, haber participado con mis hermanos con un ambulante teatro de títeres que instalábamos en las esquinas de la ciudad. Los muñecos, el vestuario, el teatrillo y los decorados eran obra de mi hermano Raúl Eduardo.

Aunque yo no tenía experiencia, vocación y tampoco ganas para estudiar teatro, sí me interesó el ambiente que rodeaba a "Phersu"; me parecía una versión más prolija del clima y el estilo desaliñados que se vivía en la casi derruida casona que ocupaba CEBAS en la calle Balcarce entre avenida Belgrano y General Güemes. Cuando tenía 13 años posé para Roberto Maeashi al que, me dijo él mismo, le venía bien mi rostro a lo Modigliani. Poco después, una tormenta desintegró el óleo de Tokichi. Allí conocí, entre otros, a Antonio Yutronich.

Empantanado el experimento teatral de Hugo Alarcón, uno de esos sábados grises y aburridos del invierno salteño, Slodky decidió enfilar su bicicleta a la Iglesia La Viña, montado yo en el portaequipajes. No fuimos a ese templo porque hubiésemos desertado de nuestro juvenil y jactancioso agnosticismo, sino porque nos proponíamos (él más que yo) incorporarnos a las clases que allí daba, entre otras, la directora de "Phersu", Perla Chacón. éramos los alumnos más jóvenes. Yo el más inconstante pues, aunque me impresionó la personalidad de su directora, al cabo de cuatro sábados, deserté.

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