Colaboraciones
Gregorio Caro Figueroa
Gregorio Caro Figueroa
Mis colegas periodistas suelen no reconocerme como tal argumentando que soy historiador. Algunos historiadores académicos no admiten mi pertenencia a esa corporación porque me consideran periodista. Quizás por este motivo jamás estoy incluido en las listas de invitados de los agasajos a unos o a otros. En el primer caso, excluyen por exceso: piensan que el historiador es sedentario, excede al periodista, carece de sus reflejos, se sitúa al costado de la realidad y se mueve con intereses y en un tiempo distintos a los de este profesional.

En el segundo, lo hacen por carencia: suponen que el periodista, apegado a lo inmediato, superficial y fragmentario, nervioso, prisionero de un tiempo plano y sin perspectivas, está por debajo del historiador, especialista y riguroso.

¿Acaso un periodista no es un prematuro historiador del presente, y el historiador no hace, a veces, el papel de rezagado periodista del pasado? (*) El periodista corre detrás de acontecimientos, muchas veces sin poder distinguir lo insignificante de lo importante, adjudicando grandeza a la pequeñez y viceversa.

El acontecimiento importante no es el que más ruido hace cuando ocurre, "sino el que acarrea las mayores consecuencias", anotó Braudel. El tiempo del periodista se mide en horas; el del historiador en décadas, en siglos. Aquél interpelaría a protagonistas vivientes, éste a los muertos. Se suele olvidar que una historia del presente puede interrogar a ambos.

Un periodismo que sólo esté pegado a lo más inmediato podrá relatar, pero no logrará explicar el acontecimiento. Mucha información que parece novedosa resulta ser prolongación y consecuencia de acontecimientos pasados. El diario del día también se amasa con la harina de la historia. Un periodismo sin memoria siempre está expuesto a anunciar la invención del paraguas.

Los equívocos no terminan allí. Los periodistas jóvenes, egresados de las carreras de Ciencias de la Información o de Comunicaciones Sociales, tienden a ver al periodista no graduado y empírico como un remanente del pasado, como alguien que ejerce un oficio sin el respaldo de una formación académica. Aquel antiguo periodista de provincia debía "ser todo" y debía "ser nada", anotó en 1892 el chileno Pedro Ruiz Aldea.

Por todo eso, desde hace un tiempo, cuando me preguntan cuál es mi actividad, para evitar confusiones y eludir la aplicación de las normas corporativas de admisión, respondo con una frase anticuada y desconcertante: "Soy un modesto artesano de la pluma".

Apelando a categorías usadas en el siglo XIX, también podría calificarme de "publicista" o "articulista". El primero de estos términos puede confundirse con el de los profesionales de la publicidad. El segundo resulta excesivo, toda vez que César González Ruano, uno de sus mejores cultores, comparaba al buen artículo con el soneto, por su concisión y belleza.

Decía González Ruano que en su época, y también en la de Larra, la literatura se estaba "refugiando en el artículo, y los literatos de hoy son los cronistas" y la crónica "el género más alto y expresivo de la literatura". Claro que el de los cronistas no era un género menor. Tiene razón Francisco Umbral cuando dice que no hay géneros mayores y menores. Hay productos de buena o de mala calidad.

Descartados esos términos por pretenciosos, recurrí a otro con no menores exigencias de rigor, pero para cuyo empleo no se exige matrícula profesional: ensayista. El ensayo es un tanteo, una búsqueda, una exploración. Es lo opuesto a lo categórico y a lo definitivo. Brevedad, amenidad y rigor no recargado de ideas, eran ingredientes del pequeño ensayo que acogían los periódicos.

El término es lo suficientemente amplio y permite eludir las exigencias de visado impuestas para poder pasar de un género a otro, combinándolos y eludiendo las aduanas donde se separan, como trapos, la "objetividad" y la "subjetividad". Es decir, para hacer periodismo sin aditamentos.

Al decir que lo mío es un artesanado, no creí estar diciendo un disparate pues aludía al oficio de escribir que había procurado aprender durante un largo y, a veces, accidentado y apasionado ejercicio, que no estaba reñido con el interés por ese otro aprendizaje en los libros, en las conferencias magistrales y en los cursos.

¿Qué diferencia hay entre un oficio y una profesión? ¿Acaso una diferencia cualitativa en donde ésta es siempre superior a aquella práctica que se supone rudimentaria, y producto más de una habilidad que de una formación sistemática y de una especialización, más de una vocación que de una elección racional.

Creo que, en los últimos años, la distancia que había entre el oficio y la profesión de periodista se transformó en un peligroso abismo. Parece que la consigna es no sólo desplazar a los últimos artesanos de este oficio, sino también negarles importancia y valor.

Todo esto parte de un tremendo error: el creer que en el oficio no se aprende o no se aprende rigurosamente, lo que sí se hace en una carrera terciaria o universitaria. Semejante error reposa sobre un pequeño olvido: que los contenidos de la mayoría de los textos que se enseñan en esos centros son el producto de, al menos, dos siglos de trabajo periodístico y de reflexión de aquellos periodistas sobre su oficio.

Redacté una hoja escolar a los trece años. Comencé a escribir en un periódico antes de cumplir dieciocho años. Años después advertí que aquel trabajo suponía una formación no sólo continua sino itinerante y múltiple. El paso por casi todas las secciones de las redacciones, las tertulias nocturnas y las vigilias en las salas de máquinas, eran nuestras cátedras; y los colegas de más años y experiencia, nuestros profesores.

Esa formación permanente, diversa y no sistemática, era exigente: comenzar como cronista callejero, redactor en distintas secciones, corrector de pruebas, diagramador, "cablero", editorialista, corresponsal, enviado especial y columnista. En las primeras décadas del siglo XX, la distribución del periódico aún formaba parte de las tareas del periodista de provincias.

Esa formación incluía el insaciable y desordenado consumo de libros y periódicos. García Márquez la llama "cátedras ambulatorias". Claro que estaba el riesgo del diletante o del cositero que sabe poco de muchas cosas, a quien le puede caer a medida la diatriba de Karl Kraus: "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista".

El corte tajante que separa el oficio de la profesión rompe con dos principios fundamentales de toda educación: la acumulación y la transmisión de experiencias, conocimientos y valores. Pero también rompe con una solidaridad entre generaciones de la que se suelen perjudicar los jóvenes periodistas, condenados a la estandarización y a la precarización laboral.

Creo que la profesionalización del periodismo debería contener, decantando, el legado del oficio periodístico, antes que amputarlo como miembro inútil o atrofiado. La profesión debe tender puentes y dialogar con el oficio y con los artesanos lo ejercieron y aún lo ejercen.

Hay que recuperar el sentido común. Si no lo hubiera dicho una autoridad como Alfred Sauvy, sonaría a perogrullada: "Para informar hay que informarse". Recordar que: "Para escribir bien hay que leer bien". Tener y ejercer la libertad es imprescindible para ambas cosas.

Me temo que estas verdades estén siendo olvidadas por la nueva generación de periodistas, subordinados a los dictados de los diseñadores que privilegian la imagen a expensas de las palabras y de las ideas. Al igual que las dictaduras políticas que suponen la minoría de edad de los ciudadanos, las del diseño parten del supuesto del desinterés por la lectura y apuntan al empobrecimiento del lenguaje escrito.

También temo que el periodismo-oficio y el periodismo-profesión cedan a las presiones del poder político y económico tendientes a suprimir los códigos éticos en el ejercicio del periodismo, incluido el respeto al periodista, lo cual no es indiferente a la calidad de sus productos. La calidad periodística depende del grado de libertad, anotó Furio Colombo.

En síntesis: el periodismo-profesión no puede edificarse sobre la demolición del periodismo-oficio y de su práctica. Pero tampoco éste puede adaptarse a los tiempos dando la espalda a los innegables aportes de la teoría de la comunicación y los avances de la sociedad del conocimiento.

La relación entre ambos no debe ser de antagonismo o mutuo desconocimiento, sino de diálogo y cooperación. Una formación teórica y técnica no puede olvidar o desdeñar la formación cultural; tampoco la riqueza de la lengua y la elegancia de estilo. El periodismo puede y debe ser profesional sin abjurar de su nutriente, el periodismo artesanal.
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