Colaboraciones
Noam Chomsky
Noam Chomsky
En la más reciente psicolingüística, la atención que se brinda a la adquisición del lenguaje, es decir a la forma en que un niño, nacido infans, (sin lenguaje), es capaz de convertirse, en el curso de un tiempo relativamente breve, en hablante nativo de una lengua, tiene que ver con toda una tradición de investigación que, desde Aristóteles, se impuso como evidente: la actividad humana más fundamental, el lenguaje, propone una dimensión de relaciones entre nuestra mente/cerebro y la realidad. Los lenguajes naturales, como es sabido, implican una sintaxis, una semántica, una pragmática. Un sistema simbólico tan complejo y específico supone tener en cuenta cuestiones cognitivas acerca de la forma en que conocemos y categorizamos la realidad, en que organizamos y estructuramos ese conocimiento, en la forma en que "significamos" el mundo y lo representamos. Esto implica reconocer estructuras y procesos mentales y las relaciones de estas con una "realidad" allí afuera. Pero supone, además, una codificación interna de esa realidad, una organización de nuestra capacidad representacional y de ejercicio simbólico.

Cuando Piaget explora la capacidad simbólica de los signos en las construcciones que subyacen al surgimiento de la capacidad representacional, distingue como estos se hacen capaces de evocar objetos y significados ausentes, en la medida en que los representan. A diferencia de lo que sucede con los índices, basados en relaciones causales parte-todo, o las señales, basadas en meras asociaciones empíricas, los símbolos apuntan a algo que no son ellos mismos, en virtud de una relación codificada de representación. En este sentido son importantes las relaciones entre intención y símbolo. Los símbolos modifican de forma sustantiva las relaciones humanas, concluyendo por convertirse en la propia conciencia reflexiva (un tipo de conciencia que, al aparecer, solo existe en los humanos). El uso de símbolos establece un plano de conciencia, deliberación e intención que implica un cambio cualitativo. Cuando el niño adquiere la posibilidad de compartir su mundo simbólico y sus intenciones con otros, ha logrado que representaciones internas adquieran sentido en la relación interpersonal y actúen sobre la realidad, sobre sus propios procesos internos y sobre los de los otros.

Esta más que complicada relación entre una mente representacional, intenciones, signos y conciencia, y una realidad externa, propone una de las indagaciones más fascinantes de la psicología del lenguaje. Si analizamos la complejidad formal y funcional de ese sistema diseñado para comunicar ideas (el lenguaje), el grado de elaboración del código y las exigencias de su uso, resulta casi increíble que este sistema se adquiera en un tiempo tan singularmente breve. Un niño, entre los dieciocho y los sesenta meses, es decir alrededor de los cinco años, deviene en un hablante nativo de una lengua, su lengua materna. En este tiempo desarrolla una gramática de un tal grado de complejidad formal, que su descripción completa sería prácticamente imposible. A pesar de que el niño se halla expuesto a un conjunto fragmentario, finito y asistemático de datos lingüísticos, sorprende como ante tan escasa entrada pueda darse tan torrencial salida: sistemas de reglas, capaces de producir un número potencialmente infinito de oraciones con sentido, adecuadas a la situación y siempre novedosas. No es menos interesante la cantidad de vocabulario que el niño incorpora-, alrededor de unos quince mil elementos léxicos, que además introducen información semántica, morfológica y sintáctica. Pensemos en la dificultad que, en arduas investigaciones con primates superiores, mostraban estos para la adquisición de un solo signo, sin olvidar la pérdida u "olvido" de los signos no usados todo el tiempo. El niño no "olvida" nunca una palabra incorporada, así como el campo semántico que su uso agrega.

Pero si nos centramos en los aspectos cognoscitivos de esta adquisición, es claro que la misma no está separada de los componentes gnoseológicos y ontológicos de nuestra relación con el mundo. En el lenguaje es posible reconocer procesos de abstracción y categorización de la realidad, procesos que, aparentemente, no serían posibles sin el uso del lenguaje. Si adquirir un lenguaje tiene que ver con la negociación de significados interpersonales, no es menos cierto que esto obliga a un refinamiento y estabilización de significados. La incorporación de nuevos significantes lingüísticos y la consecuente formación de significados en las estructuras cognitivas propias, hace posible la asimilación de una estructura conceptual en la que se incluyen análisis y esquemas elaborados en el largo proceso de la filogénesis humana, en el desarrollo de las culturas y de la historia de cada comunidad. Los significantes modifican la estructura de las categorías, al hacerlas explícitas y públicas, al usarlas en la comunicación interpersonal, al interiorizarlas como conceptos organizativos de la realidad. Si recordamos que el lenguaje no sólo recoge estas distinciones ya hechas, sino las reelabora permanentemente, entenderemos mejor qué queremos decir cuando hablamos de que poseer un lenguaje implica reconocer un instrumento cognitivo básico en la categorización de la realidad. No es sorprendente que esta relación entre pensamiento, realidad y lenguaje se haya constituido en el nudo conceptual de teorías diversas, tanto desde la investigación lingüística, como desde las diferentes teorías cognitivas de la mente. Si exploramos que cosa sea el pensamiento a partir de la evidencia "pública" que nos proporciona el lenguaje, es porque de alguna manera reconocemos un vínculo entre este y el lenguaje.

Cuando repasamos teorías de la mente/cerebro que indagan estructuras cognitivas de base, y comparamos estas con la forma en que se adquiere un lenguaje, lo primero que llama la atención es el hecho, vastamente conocido, y sustentado en las funciones declarativas del lenguaje, de una identidad de concepto y nombre común. No es casual que en tesis como las de los universales lingüísticos que se pueden hallar en las indagaciones de Hockett, estos universales gramaticales, partes del discurso que podemos encontrar en toda lengua humanamente aprendible, muestren en el nombre común, un rol central: su función de expresar conceptos. De este modo, estudiar el nombre común es importante para señalar los alcances y las limitaciones gnoseológicas de nuestra ontología. La generalización lógica del concepto tiene en el sustantivo el vehículo adecuado.

Describir la formación de los conceptos, su estructura, los procesos de categorización, es un tipo de indagación teórica que vincula procesos de conocimiento con adquisición de significados culturales y procede a la organización lógica de nuestra ontología. Trabajos de tanta envergadura como los de Vigotsky (formación de conceptos), Piaget (construcción de la realidad y función semiótica) o bien Bruner, ilustran la importancia de esta problemática asociada a la adquisición del lenguaje. En el caso de la lingüística de Chomsky, la dotación genética de estructuras profundas de índole gramatical, parece dotar a los individuos de una capacidad innata, una competencia intrínseca que equipara estructuras cognitivas a estructuras lingüísticas. En Fodor, la idea de una imposibilidad de formación de conceptos viene asociada a la dependencia de categorías y conceptos innatos, sustentados en un lenguaje genéticamente incorporado. La conceptualización misma de un lenguaje del pensamiento, hace suponer la consistencia lingüística de las estructuras cognitivas, y su independencia de generalizaciones gneosológicas y lógicas, así como su establecimiento en la mente/cerebro como artilugios representacionales que subyacen a todo conocimiento de la realidad.

Sin embargo, en teorías tan interesantes como la de Eleanor Rosch, una psicóloga cuyo equipo investigó arduamente las relaciones entre conceptos y categorías de la realidad, y Lakoff, un influyente lingüista, la descripción de la formación de conceptos, su estructura, y los procesos de categorización, han constituido interesantes ámbitos de reflexión sobre este viejo problema de las relaciones entre lenguaje, pensamiento y realidad. Esa parte del discurso, el nombre común, que puede encontrarse en todas las lenguas, y de cuya adquisición por el niño pequeño dan cuentan distintas teorías, es expresar conceptos. Sin estos conceptos seríamos "esclavos de lo particular" al decir de Bruner. El concepto congela el espacio y el tiempo y resguarda del contexto. Se trata de una mínima estructura cognitiva y lingüística en las que coexisten la similitud y la diferencia, una invariante atemporal, y una variable sujeta a la temporalidad. El nombre común, universal en todas las lenguas humanas, expresa el concepto, lo que supone una adecuación entre estructuras de lenguaje y estructuras del pensamiento, y,, quizás, una cierta isomorfía entre éstas y la realidad. Un problema interesante en la adquisición de la lengua materna es identificar como estas estructuras parecen conjugarse, casi podríamos decir con cierto grado de identidad. Un tema fascinante, complejo y fundamental para acreditar que cosa aprendemos cuando aprendemos un lenguaje.
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